20 de agosto de 2015

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Siempre me ha aterrado el hecho de que la llama que enciendo por alguien alguna vez se apague, dado que amo el concepto de trascendencia y la creación de historias de vida geniales, que marquen, que tengan un peso tan superior a cualquier otra cosa que difícilmente puedan ser olvidadas y superadas, no siendo yo sino la comunión entre ambas almas el elemento excepcional, aquel que hace de cada caso algo único y especial. Pero hay algo que me aterra aún más: que esa llama se apague por mi propia decisión y mano.

Hay personas que llegan en momentos tan precisos, tan apropiados dentro de un universo de posibilidades, que te revuelven por dentro de una manera no menos que espectacular y tremenda teniendo el grandiosísimo poder de hacer de lo malo y de lo bueno una misma cosa, de anular cualquier prejuicio, cualquier precepto, que te descongelan el corazón y que con las palabras acertadas pueden transportarte de la caída libre al vuelo libre, llevándote de manera desinteresada a la cima de su montaña y de invertir en ti lo más valioso que cualquier humano tiene: el tiempo. Esto es algo que nada lo puede pagar, ni siquiera la Música.

Visto esto, y que el universo en si mismo se rige por la reciprocidad de la acción y la reacción, siendo inviable remar de un solo lado, por más que duela a veces es necesario un replanteamiento de prioridades, pensando siempre en el bienestar y la justicia de todos los involucrados. Espero tomar las decisiones correctas en pro del mantenimiento de mis amistades, de la familia que yo escogí, que son muy pocos, pero que en mi tienen un peso y una importancia tan excepcionales que ni mi creativa mente aún termina de imaginar. Esta vez soy yo quien debo reconstruirme.